La Eterna Primavera

Patricia Rodiz García

La región andina de Colombia está llena de paisajes montañosos, por lo que la belleza de los contrastes que allí se producen, es una de las mejores cartas de presentación de la comarca.

medellin

Llega el mes de agosto a la cordillera central de los Andes, donde en la zona más ancha de la región, conocida como Valle de Aburrá, se asienta el municipio colombiano de Medellín. La capital del departamento de Antioquía, importante epicentro industrial y comercial, conocida como la “Ciudad de la Eterna Primavera”, florece durante este mes.
El río Medellín, que recorre el municipio de norte a sur, deja a su paso balcones, terrazas, vallas y jardines inundados de flores, que darán comienzo al evento más representativo de la ciudad colombiana: la Feria de las Flores, declarada Patrimonio Cultural de la Nación.
Durante diez días, el campo se traslada a la ciudad, el olor de las flores impregnará la pituitaria de los asistentes a este culto a la tradición, a la memoria y a la naturaleza, que nació en 1957, y que se remonta a principios del siglo XX cuando los campesinos de Santa Elena utilizaban sus silletas como medio de transporte de diferentes productos.
Con casi seis décadas de antigüedad, este episodio cultural es uno de los más cargados de afirmación de identidad, y reúne a los antioqueños junto a miles de turistas que visitan la ciudad, convertida, durante esos días de agosto, en un espacio que vibra con las flores, la alegría, la música y la diversión.
Los “paisas”, como se conoce coloquialmente a los habitantes de Antioquía, han convertido esta feria en el escenario perfecto para resaltar y exaltar la cultura y costumbres de esta región del país, y es que toda su idiosincrasia se expone en cada uno de los eventos que forman parte de la feria, donde destaca el Desfile de Silleteros.
Gladiolos, crisantemos, lirios, claveles, girasoles y orquídeas, destacan entre las más de ochenta variedades de flores disponibles, que componen bellos paisajes, retratos, mensajes con valores autóctonos y cívicos, y creaciones propias de los campesinos silleteros del corregimiento de Santa Elena.
La tradición y el sentimiento de orgullo se mantiene vivo en muchas familias que llevan en sus raíces hasta cuatro generaciones de silleteros.
Las arrugas en el rostro de Josefina Londoño dan cuenta del paso del tiempo. Mientras cocina, esta mujer pequeña y entrada en años, conversa sin parar. A pesar de su cirugía de corazón, no deja de caminar. Nunca ha desfilado en una carreta y, aunque se lo ofrecen cada año, siempre les dice que no. “No hay nada como caminar con la silleta en la espalda, oír las voces de aliento cuando pasas a su lado, que la gente se ponga feliz por lo que uno carga”, dice con una sonrisa en su rostro tras colocarse las gafas.
En la historia de su vida el Desfile ocupa la mayoría de años. Si bien apenas empezó a
desfilar hace ocho, su esposo lo hizo desde los orígenes del evento. Ambos crecieron cultivando flores. Josefina rememora cuando en su casa se alistaban las silletas para bajar a venderlas en la Plaza de Cisneros. Recuerda también que debían esperar en la carretera a que el hombre de la casa llegara nuevamente, esta vez con las silletas cargadas de mercancía.
Josefina recuerda una protesta. Se le decía adiós a Cisneros, al corazón de Guayaquil. Y muchos se quedaban sin un lugar para vender sus productos. Entre ellos los campesinos de Santa Elena. Para hacerse notar, tomaron sus silletas llenas de flores, las cargaron en su espalda y se unieron a la marcha. Para ella, ese fue el origen del tradicional Desfile de Silleteros.
Sangre, sudor y lágrimas, doce meses de espera y preparativos para la fecha señalada en
el calendario, para el tan esperado momento de salir a las calles a mostrar todo el trabajo
realizado. Agosto es el mes más feliz para los 500 silleteros que salen cada año, pero es
más feliz todavía para los diecinueve pioneros, que año tras año se arman de fuerzas para
desfilar. “Al final, esperar un año para desfilar y sentir los aplausos de la gente… Eso es
lo que me mantiene viva”, concluye doña Josefina visiblemente emocionada.

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