La paz desde una acera de Cartagena

 

Marta Pérez-Cejuela Romero

 

 

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Son quince pero están bien organizados. Unos se paran para saciar su curiosidad; otros tuercen la cabeza nada más ver a los campistas. A todos les recibe la misma pancarta en la que se lee “Campamento por la Paz”. El doce de octubre acamparon en la calle. Sus infraestructuras son muy básicas: cuatro tiendas de campaña y decenas de palés de madera que sirven de aislamiento para las lluvias que se niegan a abandonar la ciudad.

Los primeros manifestantes -muchos de ellos pertenecientes a la Red Sí a la Paz Bolivar- llegaron el miércoles hasta el Camellón de los Mártires. La mayoría cree que ese habría sido el lugar perfecto para su acampada, entre el centro histórico y el barrio Getsemaní. Las autoridades no pensaronn lo mismo. Tras unas horas de negociación alcanzaron un acuerdo con la Secretaria del Interior del distrito, que les dio permiso para la instalación de sus carpas unos metros más atrás, a las puertas del Parque del Centenario. Allí no obstaculizan el flujo de coches ni a los turistas que se mueven por la plaza.

La elección inicial de los campistas no fue azarosa. El 26 de septiembre, en La plaza del Camellón se firmó, delante de decenas de jefes de Estado, la paz que sellaría un conflicto interno de más de medio siglo en Colombia. Allí, Juan Manuel Santos y Rodrigo Londoño Echeverri alías “Timochenko” cerraron el acuerdo logrado tras cuatro años de conversaciones en La Habana. Desde las puertas de las carpas se puede ver el patio de las Banderas del centro de Convenciones, donde se celebró el acto. Aunque poco queda de las 5.000 personas que la abarrotaban mientras entonaban cánticos y alzaban banderas blancas en señal de paz. Los estandartes de aquellos días ahora cuelgan del vallado del parque.

El campamento está situado fuera de la muralla, pero lo suficientemente cerca del centro como para divisar desde allí la famosa Torre del Reloj. Turistas, vendedores ambulantes y abuelos que pasean por el parque se mezclan con los manifestantes. En el suelo acaban de pintar una palabra que aún huele a tinta fresca: “Paz”.

El rumor de las charlas agitadas recibe a todo el que se acerca hasta allí. Sentados en tres viejas sillas de plástico blanco, comparten conversación dos chicos de 20 y 22 años con un señor que roza los 60. Ha sido campesino toda su vida, aunque hace años que no cultiva sus tierras: las tuvo que abandonar para desplazarse hasta Cartagena, junto a toda su familia. Él voto Sí en el plebiscito del 2 de octubre; sus jóvenes interlocutores dijeron No.

Pero en esta acera no hay lugar para la división entre manifestante y manifestante, y apenas 30 metros cuadrados son un foro de intercambio de ideas y experiencias. No necesitan camisas blancas, tampoco firmas ni grandes actos, solo palabras. Todas las conversaciones desembocan en un deseo común: que se implementos los acuerdos por la paz.

“Todos queremos la paz, que lo ya pactado se realice”, se escucha en uno de los corros. Por eso no existe disentimiento entre Román de la Marcha Patriótica, Roque del Partido Comunista o Rubiela del Movimiento de Mujeres. La multiplicidad de perspectivas es bienvenida. Como un credo bien aprendido,  explican las tres premisas básicas del movimiento por la Paz: “mantenimiento del cese al fuego bilateral y definitivo; apoyo a las víctimas y acuerdos urgentes”.

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Aprovechan la tarde para repartir panfletos. En ellos lanzan una invitación a todo el mundo a su acampada, también piden alimentos no perecederos para los días que les queden allí. Además, las jornadas tienen un carácter totalmente inclusivo. Los organizadores intentan atraer a la gente hacia sus tertulias. Todos sus coloquios son conversaciones abiertas donde la palabra que más se repite es ‘entendimiento’. En los próximos días se prepara una programación académica y cultural a través de tres líneas: historia del conflicto armado, construcción de paz y justicia transicional.

Algunos de los peregrinos que se acercan hasta las puertas del Parque del Centenario tienen una especie de déjà vu. Se escuchan comparaciones con el 15-M y las manifestaciones de Londres en 2011. “Llegan turistas argentinos, chilenos, uruguayos y mexicanos para apoyar la causa”, cuentan los manifestantes. Algunos se quedan allí durante unos días o, incluso, toda su estancia en la ciudad.

La noche cae y la pancarta se descuelga de las verjas. Ahora se extiende en el suelo y hay velas alrededor de ella. El ritual de los cánticos se inicia. Guitarras, palmas y voces se mezclan en una sinfonía a la reconciliación. Mientras tanto, los más jóvenes actualizan sus bitácoras on-line, a golpe de tecla y bajo la etiqueta #AcuerdosYa. Solo las garras invisibles del tiempo podrían romper el empeño de este movimiento, que también ha inundado las calles de Bogotá. De momento, en Cartagena, lo tienen claro: “de aquí no nos movemos”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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