La paz es el mayor premio

Lucía Villalón Serrano

El 7 de octubre de 2016 a las 4.20 de la madrugada, los colombianos recibieron la noticia: su presidente, Juan Manuel Santos, había sido galardonado con el Premio Nobel de la Paz 2016. ¿Los motivos? Sus decididos esfuerzos por buscar la paz tras 52 años de conflicto con las FARC.

Dos horas después, el presidente Santos realizaba sus primeras declaraciones desde su residencia oficial. Enfundado en un sobrio traje, y al lado de su mujer, el presidente se mostraba agradecido por el recibimiento del galardón. Colombianos, este premio es de ustedes. Lo recibo, en especial, en nombre de las millones de víctimas que ha dejado este conflicto que hemos sufrido».

La noticia pilló de sorpresa al adormilado pueblo colombiano. Algunos se alegraron por su presidente. Otros, se mostraron molestos ante la decisión del Comité Noruego. A Leyner Palacios, sin embargo, le produjo un breve pero intenso sentimiento de decepción. Él era, como el presidente, uno de los trescientos setenta y seis nominados al famoso galardón.

Catorce años, cinco meses y cinco días antes, Colombia amanecía sin saber aún los sucesos que acontecerían durante ese 2 de mayo. La capilla de San Pablo Apóstol de Bellavista se encontraba tan llena que apenas cabía un alfiler. Más de trescientos vecinos de Bojayá ocupaban el lugar. Sin embargo, nadie rezaba. Todos compartían un mismo sentimiento: un terror que les impedía moverse.

A las 10.15 de esa cálida mañana, un cilindro de gas cargado con dinamita atravesó el techo de la capilla. Hubo cientos de heridos y mutilados. Sin embargo, otros corrieron peor suerte: setenta y nueve personas no saldrían de la Iglesia con vida.

En ese momento, un joven de apenas veintiséis años salió corriendo, despavorido, de la casa de las hermanas Agustinas, a pocos metros de la iglesia. Huyendo de las balas que pasaban a pocos centímetros de su cuerpo, Leyner abandonó, en lo que quedaba de edificio, los cuerpos sin vida de los que fueron sus vecinos, familiares y amigos. Detrás de sí dejó la viva estampa de la muerte.

Desde ese día, Leyner Palacios no volvió a ser el mismo. Las imágenes que vio y los horrores que presenció, le acompañarían hasta el día de su muerte. Sin embargo, la terrible tragedia le convirtió en un hombre nuevo, más solidario y más consciente de la fragilidad de su pueblo.

Doce años después de la masacre de Bojayá, Leyner se sentaba en el avión que lo llevaría desde Bogotá a Cuba. El ya no tan joven abogado de la Universidad Tecnológica del Chocó y miembro del Comité por los Derechos de las víctimas de Bojayá, aterrizó en La Habana. Acompañado por otras once víctimas supervivientes de masacres como la de Bojayá, prendió camino para participar en la Mesa de Conversaciones entre el Gobierno y la guerrilla de las FARC.

Desde la matanza, Leyner había aprovechado el tiempo. Lejos de sumergirse en un pozo de tristeza y negación, el joven chocoano ingresó en la Universidad, con el fin de defender los derechos de los supervivientes. Así se convirtió en uno de los representantes de las víctimas de la masacre de Bojayá. Su tesón le llevó a representar, de igual manera, a los seis millones de colombianos mártires de la guerra.

Ese viernes, seis de diciembre de 2014, Leyner puso voz a los sin voz, expresó el dolor de los que ya no sienten, e hizo un llamamiento a la paz y al perdón. “Las víctimas estamos dispuestas a perdonar”, declaró. Y así fue.  Los líderes de las FARC se acercaron al pequeño municipio de Bojayá, donde tanto sufrimiento habían causado, y pidieron perdón.

Hoy, parece que Leyner, finalmente, sí recibirá parte del Premio Nobel de la Paz 2016. El Presidente Santos, tal y como indicó el día que recibió el galardón, considera que el premio es de todos los colombianos. Por ello, ha decidido donar todo el dinero del premio a las víctimas de la guerra. “Tengo la absoluta seguridad de que este proceso lo vamos a llevar a buen puerto”.

En cuanto a Leyner, en la actualidad tiene cuarenta años, mujer y tres hijos. No ha ganado el Premio Nobel de la Paz 2016 como tal –aunque seguramente recibirá parte del dinero del Presidente Santos-, pero admite que la tranquilidad de su conciencia por la labor humanista que ha desarrollado para sanar las heridas de la comunidad, y restaurar las alegrías de su gente querida es, a la hora de la verdad, el mayor premio.

 

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